martes


_______________________________________________________________________________
CONICET: A 22 AÑOS DEL CONGRESO DANTE GUEDE

“Se dice por ahí que el recuerdo es siempre el recuerdo de un recuerdo. Que la memoria actúa no sólo como reactivadora del pasado, sino que la evocación de un suceso se replica en el próximo recuerdo, con sus pequeñas desviaciones y sus agregados y sus recortes, y finalmente del hecho original queda poco, pero eso es la memoria: siempre reactualiza nuestros sentimientos, porque esas desviaciones y esos recortes se van adaptando a lo que vamos siendo; es la estrategia de la memoria contra el olvido. El olvido corta lazos. La memoria los reconstruye.”
Sandra Russo
[1]

El 21 de setiembre de 1985, en el entonces Auditorio Libertario Ferrari de la Asociación Trabajadores del Estado, se reunía el Primer Congreso Nacional “Dante Guede” de los Trabajadores del CONICET. Aún no habían transcurrido dos años desde la asunción de Alfonsín a la Presidencia, y faltaban cuarenta cinco días para que se cumpliera el primer aniversario de la histórica recuperación de ATE de manos de la burocracia cómplice del genocidio. Pero allí estábamos. Investigadores, administrativos, becarios, técnicos y profesionales que, con expreso mandato de las asambleas regionales, éramos delegados de Tierra del Fuego, Tucumán, Corrientes, Chubut, Mendoza, Santa Fe, Buenos Aires, La Plata y San Juan.

El CONICET se desperezaba al compás de las crecientes manifestaciones populares en demanda de una mayor profundización del camino democrático. Ya a fines de 1984, los trabajadores administrativos de la sede central habían encabezado la lucha de todas las reparticiones nacionales afectadas por el Escalafón 1428. Fueron ellos quienes inauguraron la modalidad de hacer las asambleas en la calle. Durante el mes de diciembre de aquel año, la avenida Rivadavia, a la altura de la sede central, se vio cortada una y otra vez. Los delegados de otras dependencias públicas se acercaban para transmitir sus propias novedades y llevar a sus compañeros la información sobre las medidas de acción. La conducción de UPCN, por entonces único sindicato en el CONICET, no atinaba a dar respuesta y, por eso mismo, se vio sorprendida cuando una columna con casi 5.000 personas marchó desde el Congreso hasta la Plaza de Mayo llevando en su cabecera a los compañeros de la sede central como referentes indiscutidos y a los delegados de base de otros sectores estatales.

A comienzos de 1985 ese clima incidía en toda la estructura del CONICET y la nueva situación política acrisolaba las diversas experiencias. Es que quienes se habían graduado en tiempos de la dictadura, conformaban en ese momento el plantel de becarios o acababan de ingresar a la carrera del investigador; muchos de los que habían partido al exilio iniciaban su retorno al país y se reinsertaban en el sector, y no eran pocos los que, habiendo estado en la cárcel, asumían cargos de gestión o se sumaban a cátedras y laboratorios. Así, el CADIC de Ushuaia, que durante la dictadura se había convertido en una especie de casamata, ya no toleraba que su director se permitiera todavía allanar las viviendas del personal, o ignorase el reclamo de retirar del predio a la guardia armada y al cañón que allí continuaba emplazado desde la guerra de Malvinas. En la Capital Federal, en los institutos de la calle Serrano, donde personajes siniestros como Tramezzani y Caso, asociados con Randle, Affani y Vidal, habían reinado como dueños y señores, ahora se convertían en un hervidero de reuniones y asambleas constantes. En Rosario -que de la mano de Bruera, el ex Ministro de Educación de la dictadura, había visto cómo él se construía dentro del IRICE una réplica del panóptico de Foucault para sus “investigaciones”- ahora los técnicos, docentes e investigadores se unían en un reclamo común. Por todas partes florecían el debate gremial y las posturas antiautoritarias. En Santa Fe, Mendoza y la Capital Federal se constituían las llamadas Asociaciones del Personal del CONICET con el objetivo de consolidar la Federación Nacional de Asociaciones de Ciencia y Técnica (FENACYTE), mientras que en la sede central, Rosario, La Plata, Puerto Madryn y Ushuaia comenzaba la paulatina desafiliación a la UPCN e ingresaban los primeros afiliados a ATE. Desde luego que la duda, la incertidumbre y la desconfianza (mucho más hijas del terror dictatorial que del pensamiento crítico propio de los científicos), atenazaban a la mayoría; pero el torbellino de aquellos días venía enancado en la restauración democrática y esto infundía valor a los más preocupados por la situación.

Los de ATE éramos pocos, aunque todos contábamos con una historia militante. Ese denominador común era el que nos había permitido valorar desde un inicio la dimensión de la propuesta que encarnaban Víctor De Gennaro y Germán Abdala. Las burocracias sindicales habían hecho trizas la confianza de los trabajadores. Su complicidad con los genocidas, sus traiciones reiteradas, sus negociados con las patronales, no hacían más que agigantar la importancia de la recuperación del gremio de los estatales. Se trataba de un proyecto absolutamente antagónico a los moldes sindicales de entonces: las decisiones se tomaban en asambleas de afiliados y en plenarios de delegados. Allí no había matones ni cajas chicas. Nadie resultaba segregado por su posición política, al punto que la primera resolución adoptada por esa nueva conducción fue la de establecer que sólo un congreso estatutario tenía la facultad para separar a un compañero. Por lo demás, los dirigentes eran perfectamente visibles a la cabeza de los conflictos y en ninguna situación y bajo ningún concepto actuaban por fuera del mandato explícito de las bases. Todo ello contribuía a la profundización de los debates y al intercambio de ideas y experiencias. Esa ATE, con un padrón nacional de apenas 60.000 afiliados y recuperada históricamente por la Lista Verde de Víctor y Germán el 6 de noviembre de 1984, fue la que le abrió sus puertas al puñado de militantes del CONICET que nos incorporamos a comienzos de 1985.

En ese contexto, pues, no demoramos en percibir que la necesidad de organizarse y luchar dentro de la institución trascendía los marcos de nuestro sindicato. De hecho, en los diversos sectores de trabajo, veníamos confluyendo con propuestas e iniciativas coincidentes con las de los compañeros que impulsaban la FENACYTE: Daniel Mosimann en Santa Fe, Carlos Willhoud y Eduardo Fabre en Mendoza, Lino Barañao, Carlos Pirola y Silvia Lugo en la Capital, y tantos otros más. Como conjunto, éramos cientos y cientos de voluntades dispuestas a cuestionar y a reformular la política en el sector de C&T pero, por separado, cada una de las opciones que representábamos le imponía a las demás una cuota de recelo y, por lo tanto, de debilidad. Era imperioso encontrar un punto de unificación, una suerte de plataforma política que tuviera la virtud de neutralizar las mutuas desconfianzas y, al mismo tiempo, potenciase las coincidencias y multiplicara las acciones comunes. Todos comprendíamos que unidad no significaba uniformidad, que había que respetar los orígenes, las identidades, los modos de organización y hasta de relación de cada uno y que, con todo eso, había que avanzar aunque pareciera imposible.


A fines del otoño de 1985, y tras sucesivas reuniones con la FENACYTE en distintos lugares del país, les propusimos organizar conjuntamente un congreso. El evento tendría como objetivos: “a) Formulación de una política científico-tecnológica que tienda a eliminar los factores de dependencia que padece nuestro país; b) Elaborar propuestas para el funcionamiento institucional del CONICET; c) Relevar y proponer soluciones a los problemas laborales regionales; c) Sentar las bases para la organización de un congreso nacional de trabajadores de ciencia y técnica.”
[2] Este último punto daba cuenta de la realidad en las otras instituciones del sector que, al igual que el CONICET, registraban el protagonismo del personal en demandas similares. Con estos objetivos acordados, coincidimos también en la necesidad de articular asambleas y discusiones comunes en cada región donde ambas entidades tuvieran representación. Para ello, “(…) El temario aprobado para las deliberaciones fue: 1) Inserción del CONICET en el sistema nacional de Ciencia y Técnica; 2) Aspectos institucionales del CONICET: Ley Orgánica y Estatutos; 3) Problemas laborales regionales.” [3]

La etapa de preparación del Congreso concluyó en los primeros días de setiembre. Ya para entonces habíamos propuesto que el evento llevara el nombre de Dante Guede. Miembro de la Carrera del Personal de Apoyo a la Investigación, Dante se desempeñaba como especialista en soldaduras en el Instituto Argentino de Radioastronomía de Villa Elisa, Provincia de Buenos Aires. Su tarea era crucial para la instalación del primer radiotelescopio del país: “tenía justamente la responsabilidad de los cortes y soldaduras críticas en las estructuras de acero que debían no sólo resistir las enormes cargas, sino también ser muy precisas por estar destinadas a un instrumento de medición astronómica. Seguramente Ecklund (ingeniero enviado por la CIW para la dirección de los trabajos de armado) hubiera querido llevárselo a Estados Unidos a su regreso y más le hubiera valido. Dante fue uno de los que desaparecieron durante la dictadura militar de 1976”
[4] En efecto, el 7 de octubre de 1976, Dante Guede y su hijo Héctor de 19 años fueron secuestrados por una patota militar y permanecen desaparecidos. La casa familiar fue saqueada y el taller mecánico que Dante abriera en Quilmes el fatídico 24 de marzo de ese mismo año, sólo pudo ser recuperado por su esposa y sus otros dos hijos el 5 de abril pasado para convertirlo en un centro cultural del barrio. Pero Dante Guede no fue secuestrado por ser un eximio soldador: su compromiso militante lo había llevado a abrazar la causa de los trabajadores. Una placa recordatoria de su ejemplo fue colocada por nosotros en la base de la antena que el ayudó a construir en el IAR.

Pero volviendo al Congreso, éste fue inaugurado formalmente por nuestro compañero Víctor De Gennaro (por entonces Secretario General de ATE), el 21 de setiembre de 1985. Había allí más de 150 delegados del CONICET provenientes de casi todo el país. También estaban, en carácter de observadores, compañeros del Instituto Nacional de Ciencia y Técnica Hídricas, de la Comisión Nacional de Energía Atómica y del Instituto Forestal Nacional. Se encontraban presentes: el Dr. Carlos Abeledo, Director a cargo del CONICET; el Prof. Mario Albornoz, Director del Programa de Centros Regionales y el Ing. Julio Villar, Jefe del Departamento de Institutos. Era la primer vez, en la ATE recuperada por los trabajadores, que asistían funcionarios gubernamentales y, además, era el primer congreso de trabajadores de un sector nacional que se reunía allí cuando aún no se había cumplido un año de aquella recuperación histórica. Ambas características fueron subrayadas por Víctor, poniendo de relieve con ello que la cuestión de la ciencia y la tecnología no era para el gremio un tema sin importancia ya que (y esto está citado de memoria) “nadie puede pensar en la Argentina que todos anhelamos, libre, justa y democrática, sin el aporte de sus investigadores y sin una política de recursos económicos que fortalezca su actividad específica”. Tras las palabras inaugurales hablaron Eduardo Fabre, por la FENACYTE, y el Dr. Abeledo por el CONICET.

El orden del día para las deliberaciones no era otro que el de los tres ejes acordados para las discusiones regionales. Esos mismos ejes fueron los que seguimos para elaborar desde ATE el documento básico del Congreso. Ese texto original, que luego sería aprobado íntegramente por los delegados congresales, conserva en sus trazos gruesos una indiscutible actualidad. A veintidós años de aquella jornada, puede decirse que hubo una caracterización acertada del papel de la ciencia y la tecnología a nivel mundial, del contenido de clase hegemónico en la orientación de la llamada “revolución científico tecnológica”, de los modos de apropiación privada del conocimiento producido socialmente y, sobre todo, del impacto de todo ello en nuestro país y en el CONICET. Las políticas que emergieron de aquel Congreso, marcadamente en lo que hace a la democratización y a la reasignación de los recursos, como así también en lo referido a la orientación y a las prioridades en materia de I+D, constituyen desde entonces una base política e ideológica insustituible para nuestra acción gremial.

En 1986, a poco menos de un año de aquel Congreso, los trabajadores del CONICET protagonizaríamos otro hito: la Marcha Nacional de las Probetas. Una respuesta masiva y contundente a la política salarial del gobierno de Alfonsín que se materializó con la presencia de un millar de compañeros y compañeras provenientes de todos los Centros Regionales e Institutos del país. En ese mismo año, los trabajadores de la CNEA realizarían su propio congreso, mientras que en el CONICET se constituía la Rama Nacional a partir de la paulatina incorporación al gremio de los principales referentes de la FENACYTE en diferentes provincias con Daniel Mosimann a la cabeza.

No viene al caso pasar revista aquí a todas y cada una de las luchas. Pero, por esas casualidades de la historia, el sábado 24 de setiembre de 1994, el diario Página 12 mostraba en su portada una foto trucada de Albert Einstein lavando platos y una volanta inequívoca: “Cavallo les respondió a los investigadores científicos que reclaman mejores sueldos y condiciones para desarrollar su trabajo”. Es decir, en la misma fecha que nuestro Congreso, pero nueve años más tarde, el gurú del neoliberalismo argentino no dudaba en echar una palada de tierra a lo que veníamos sosteniendo desde entonces. Pero Cavallo se equivocó. Su exabrupto le valió la repulsa de los más diversos actores incluyendo, claro está, a la mayoría de la comunidad científica. Fue en ese contexto que desde ATE, y basándonos en la experiencia política del “Dante Guede”, impulsamos con éxito la conformación de la Mesa de Enlace del Sector Científico y Tecnológico. Había que unir fuerzas y, una vez más, deponer cualquier afán hegemonista. Así que esa Mesa, presidida por la figura consular de Enrique Oteiza, y con la participación, entre otros, de la Asociación Física Argentina, la Asociación de Profesionales de la CNEA, la Rama ATE-CONICET y los docentes universitarios, no dudó en manifestarse y, en las puertas de la sede central del CONICET, convocó a lavar platos con la presencia de un enjambre de periodistas. A eso le siguieron las clases públicas en la Plaza de Mayo, con el “Programa Educando al Ministro”, la organización de la Jornada Nacional de Debate en C&T (realizada en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA) y, desde luego, una polémica abierta al interior de todo el sector.
[5]

Para finalizar, tampoco estará demás seguir con “la estrategia de la memoria”, como nos propone la periodista Sandra Russo, y recordar otra casualidad de la historia. El próximo 5 de octubre se cumplirán dos años desde que el actual gobierno convocó a la Paritaria sectorial del CONICET y, unilateralmente, decidió suspenderla el mismo día que debía reunirse. Nunca más volvió a convocarla. Pareciera ser que entre los meses de setiembre y octubre ocurren hechos que marcan la vida de los trabajadores científicos y tecnológicos. Pero, más allá de las casualidades, las autoridades deberían tomar nota del dato que no es casual: jamás dejamos de responderle a los gobernantes.

En efecto, nada nos impidió reconocer en 1985 que: “La gestión democrática iniciada el 10 de diciembre de 1983 operó algunos cambios de importancia en la vida institucional del CONICET. Entre otros, ellos son: la paulatina reincorporación de científicos sancionados por la dictadura; la recomposición salarial para investigadores, técnicos y becarios; las denuncias presentadas a la Fiscalía sobre malversación de fondos; la remoción de funcionarios comprometidos con esa situación; el otorgamiento de Becas de Actualización para los perseguidos por el régimen militar; la inscripción permanente, sin límites de tiempo, para las solicitudes de ingreso a la Carrera del Investigador cursadas desde el exterior por los científicos exiliados; la institucionalización del dictamen público referido a Informes, promociones, otorgamiento de becas, etc., y el reconocimiento del derecho de apelación para los afectados por opiniones académicas desfavorables; la libertad sindical.”
[6] Sin embargo, no dudamos en hacer la Marcha de las Probetas cuando las promesas se quedaron en promesas. Tampoco hemos dejado de reconocer los avances impulsados por el actual gobierno, pero es hora de que éste se haga cargo de cumplir a rajatabla la Ley de Convenciones Colectivas de Trabajo para el Sector Público. Esta ley, conocida y reconocida por el nombre de quien fuera su creador, nuestro compañero Germán Abdala, no se cumple en el CONICET y no hay ningún motivo válido para que no se cumpla de una vez. Si el Estado empleador, a través del actual gobierno, persiste en esta actitud antidemocrática, tiene que saber que el recordatorio que aquí hacemos no es para las efemérides: no cejaremos hasta conseguir la paritaria sectorial en nuestro organismo.

Cuando la memoria histórica vuelve una y otra vez es porque las causas profundas que la alimentan permanecen intactas. A pesar de la estrategia del olvido, y al igual que en aquella jornada de la cual hoy conmemoramos un nuevo aniversario, siguen siendo vigentes sus principales consignas:
- Los investigadores somos siempre evaluados, pero nunca consultados.
- Los becarios tenemos todas las obligaciones, pero ningún derecho.
- Los profesionales y técnicos hacemos de todo, pero no progresamos en la Carrera.
- Salarios dignos para todos. Paritarias ya.
[1] S. Russo, “López”, Página 12, Bs.As., 21/09/07, p. 40
[2] ATE & FENACYTE, Primer Congreso Nacional de los Trabajadores del CONICET “Dante Guede”, Texto Completo de las Resoluciones Aprobadas, Bs.As., mimeo, 21/22/23 de setiembre de 1985, p.7
[3] Ídem, ibídem.
[4] Esteban Bajaja, “La radioastronomía en la Argentina”, in www.cielosur.org
[5] Ver: Sergio Nuñez, Julio Orione: Disparen contra la Ciencia. De Sarmiento a Menem, nacimiento y destrucción del proyecto científico argentino; Bs.As., Espasa Hoy, abril 1995. En la Tercera Parte de este texto, los autores entrevistan a Enrique Oteiza, Carlos Girotti (por entonces Prosecretario Gremial de Ciencia y Técnica de ATE), Mario Albornoz, Patricio Garrahan y Gregorio Klimovsky. Tanto Albornoz como Garrahan manifiestan su desacuerdo con las posiciones de ATE.
[6] ATE y FENACYTE, op.cit., p.20

No hay comentarios.: